Estoy segura de que nunca olvidaré aquella vez en la que tuve que pelearme con miles de personas para poder simplemete respirar. Porque, ese día 27 de abril, eramos casi un millón de personas en la Ciudad del Vaticano. Había gente de todas las nacionalidades, aunque la mayoría eran peregrinos polacos. Todos estábamos a la espera de que abriesen las puertas de la plaza, ya que a medida que avanzaban las horas,mayor era la multitud que se aglomeraba.Apesar de la dificultad de movimiento,he de decir que la espera no se me hizo muy larga. Gente a mi alrededor cantaba con la guitarra, rezaba, hablaba con personas de otros países...

En mi caso, pude hablar con estudiantes,monjas y curas polacos. Nunca se me olvidarán aquellas miradas de ilusión y de emoción que me hablaban por sí solas. Cuando por fin se abrieron las puertas, todos respiramos de alivio, ya que eramos una masa muy numerosa y lo que en principio era alegría se estaba convirtiendo en sufrimiento y desesperación. Mis compañeros y yo tuvimos bastante suerte porque encontramos un buen sitio cerca de una pantalla en Via della Conciliazione. Es cierto que podríamos habernos acercado a la Plaza de San Pedro ,pero de esa forma no podríamos haber presenciado la ceremonia como es debido.
A pocas horas del comienzo de la ceremonia, la falta de sueño se empezaba a notar entre la muchedumbre. A mi alredeor, alguna de mis amigas dormía, otras comían un improvisado desayuno y otras buscaban desesperadamente unos baños. Y poco después empezaron a sonar cantos. Era el comienzo de la misa. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue el saludo del Papa Francisco a Benedicto XVI. Sin duda alguna un momento irrepetible. Lo que más me impactó fue el momento en el que todas las personas comenzaron a aplaudir y a vitorear a los que ya eran oficialmente santos, San Juan Pablo II y San Juan XXIII.En el momento del ofertorio, fue inverosímil el silencio sepulcral que se formó en la Ciudad del Vaticano.

Al finalizar la Sagrada Misa fue cuando más me emocioné. No me podía creer que hubiera presenciado tal importante acto histórico y de Fe cristiana. Pensé en todas las personas que no pudieron asistir al acto por diversos motivos y me sentí muy afortunada. Saber que representaba a toda mi familia de Polonia me llenaba de ilusión. Siento que mi Fe ha crecido razonablemente y esta experiencia me ha ayudado a sentirme más cerca de Dios. Me ha gustado mucho además, haber podido conocer a gente fantástica en este viaje, que apesar del cansancio no se les borraba la sonrisa.A ellos les quiero dar las gracias como a nuestro querido cura Don Rafa por haber organizado todo con tanto cariño y dedicación.
En definitiva, podría escribir más sobre mi experiencia pero con eso solo conseguiría alargar algo que no se puede describir con palabras, así que simplemente quisiera acabar diciendo que volvería a repetir este viaje, independientemente de las 58 horas de bus y de las escasas horas de sueño. De verdad que merece la pena vivir algo así. Sencillamente, increíble.